No me des más la chapa

No me des más la chapa

22/10/2020 0

Chapa. Tapón. Tapa. Block. Algunos lo llamaban pincho. Al fin y al cabo, la negación en términos absolutos (y estadísticos) del tiro de campo, la completa elusión de la canasta rival. De moda y a la vez denostada, la chapa polariza a los fans de la NBA por su belleza ante el ojo y su mal uso ante el papel. Es difícil permanecer impasible tras ser testigo de un tapón. Mi motivación para realizar este análisis exprés de uno de los 5 grandes aspectos estadísticos del baloncesto nace de una reflexión en forma de tweet del gran Iván Ruiz que aseguraba que el premio al defensor del año se otorgaba a aquellos que más tapones ponen.

 

 

Pero ¿es esto así realmente?, ¿existe una correlación entre cantidad de tapones realizados y posibilidades de ser DPOY? Es algo difícil de establecer porque habría que entrar en la mente de los periodistas a quienes se consulta dicho voto. Ante la imposibilidad para realizar tal acción, he optado por hacer un pequeño gráfico introductorio a la materia en el que vemos cuantos tapones ha realizado cada DPOY. Igualmente, he colocado en el gráfico las medias de tapones por partido de la liga en cada temporada (mención especial al loco de Mark Eaton que en 1985 superó esa media por 0,3 tapones).

 

 

Algo que resulta curioso es como en la última década el promedio de tapones de los DPOY’s (1,5) ha sido el menor comparado con el resto de los decenios, aun teniendo en cuenta que ningún guard ha ganado el premio, como sí ocurrió en los 80 y los 90. Quizá esto se pueda dar por el aumento del espacio en la pista y el uso masivo del triple, tiro que por lo general no invita tanto al tapón como uno próximo al aro. Igualmente, si cruzamos la lista de máximos taponadores con la de mejores jugadores defensivos los nombres se repiten el mismo año un total de 10 veces: 1 en los 80, 5 en los 90 y 4 en los 2000.

Por lo que este rápido, y quizá simplista, análisis nos muestra que la importancia del tapón, al menos para ser el mayor receptor de votos por parte de la prensa, se ha visto reducida desde los 90 hasta hoy. Pero bueno no creo que hayáis venido hasta aquí a por una mera exhibición de datos que, aunque objetivos y útiles, son fácilmente localizables en Basketball Reference. Hasta aquí ha llegado la parte informativa, ahora llega la chapa (la de verdad).

Genealogía del tapón

Nacido en 1973 como aspecto estadístico, mucho antes en los brazos de los gigantes que poblaban la NBA con Mikan a la cabeza como maniobra defensiva y apadrinada por dos rivales como lo fueron Bill Russell y Wilt Chamberlain. Ninguno de ellos llego a ver ninguna de sus creaciones plasmadas en un papel, para ellos nunca fueron más que palabras que el viento se llevaba, aunque algunas estimaciones calculan más de 8 tapones por partido para cada uno.

Una técnica defensiva que de ser ejecutada con éxito evitaba la canasta rival, provocaba los vítores del público y los choques de pecho de los compañeros. Para muchos la acción defensiva por excelencia, aquella que permitía a los enormes generales defensivos marcar su territorio, las proximidades del aro, infundiendo sobre el rival un miedo capaz de encoger muñecas.

Y es que a pesar de que toda acción bien ejecutada reiteradamente focaliza la atención del rival sobre su próxima aparición, solo en el caso del tapón recibe un sustantivo propio ese terror: la intimidación. “La idea no es taponar cada tiro. La idea es hacer creer al oponente que vas a taponar cada tiro” rezaba una frase que la mayoría de las páginas web de citas (no hablamos de Tinder) atribuyen a Bill Russell. Y es que es cierto que, en el caso del tapón, por su extraña morfología, vale más la amenaza que el acto.

“Pero ¿qué cojones es eso de la morfología, Casares?”. Perdón, pero no controlo la pedantería. Con su extraña morfología me refiero a que es la única de las 5 grandes estadísticas que no registra una recompensa, al menos no completa. Puntos, asistencias, rebotes y robos; todas ellas son reflejadas en las tablas estadísticas cuando se consigue la canasta en el caso de las dos primeras o cuando se consigue la posesión del balón en las segundas.

En el caso del tapón, en cambio, se da por válido con el simple hecho de desviar el balón y evitar la canasta. Esto es positivo, es cierto, otorgar un tiro fallado al rival ahorrándote el suspense del acercamiento al aro es, por qué no decirlo, una gozada. Pero la línea temporal del tapón no acaba ahí. En el mejor de los casos el jugador es lo suficientemente hábil como para recuperar el balón, o al menos poder enviarlo fuera de la pista (con los consiguientes vítores del público), obligando al rival a tener que poner el balón en juego desde fondo o banda, pero pudiera darse el caso de que el balón caiga en manos de un rival con una posición ventajosa, en cuyo caso ese tapón defensivo tomaría una forma similar a la de la asistencia.

Y es que la recompensa puede quedar incompleta o incluso anulada al realizar un tapón, por ello no todos los tapones son iguales y sus beneficios no son equiparables. Es por ello que hay multitud de tapones.

 

Tipología de la chapa

El primero y más grande de todos sería el tapón psicológico de Bill Russell. Tomaba muchas formas, el balón podía acabar en cualquier lugar de la pista, aunque generalmente acababa en sus manos debido a su ímpetu y olfato reboteadores, pero su timing era perfecto. Hubo quién llego a decir que Russell se dedicaba a dejar tirar a los rivales durante 3 cuartos para en el cuarto avasallarlos con tapones de todos los colores. Y es que Russell utilizaba la chapa como algo más que un mero recurso defensivo, más bien como herramienta de destrucción de la psique rival. Su tapón no era un escudo contra canastas, era una sonda intracraneal que borraba de tu imaginario la de idea de un tiro encestado, era pura psicología.

 

 

Su mayor rival, Wilt the stilt, puso sobre la mesa otro tapón, el celestial, aquel que, por el físico inigualable de Chamberlain, era capaz de redireccionar el balón justo antes de que la trayectoria descendente comenzara. Llegó a ser tan celestial que Wilt se convirtió en uno de los pocos hombres en taponar un sky hook de Abdul-Jabbar. Más espectacular visualmente que el psicológico, pero de un misticismo menor, al igual que las figuras de sus ejecutores.

El tapón por gigantismo es otra variable cuyos dos principales genios habitaron la NBA en los 80. Manute Bol y Mark Eaton eran dos torres inconquistables para todo aquel que se atrevía a poner su mirada en la zona. Sus saltos no eran imponentes como los de Wilt, es más, apenas levantaban dos palmos del suelo, pero su altura y sus interminables brazos instalaban un paraguas en la pintura que evitaba las canastas rivales. Esas envergaduras de gran tamaño posibilitaban la mayoría de veces la recuperación de la posesión y, con ello, una retribución mayor.

El tapón de quinta fila es uno de los más famosos actualmente, llevado a la máxima expresión por jugadores como LeBron James o Dwight Howard. Un tapón cuya recompensa deportiva es ínfima (devuelve la posesión al rival en saque de fuera), pero su retribución mediática es altísima.

Podríamos continuar repasando tapones en cuanto a tipología y recompensa, pero creo que lo que quiero expresar no demanda mayor extensión. Queda claro lo poco seguro que es el beneficio del tapón, especialmente cuando no es llevado a cabo por los nombres más brillantes del deporte, pero ¿por qué despierta entonces esa atención desbocada del público?

 

Conclusiones inconclusas

Si hubiera que quedarse con una respuesta rápida, podríamos hablar de la conjunción de dos variables: la espectacularidad y la baja frecuencia. De los cinco grandes aspectos estadísticos es el más esquivo de avistar (aproximadamente 10 veces por partido a lo largo de la historia de la NBA), llegando a ser menos frecuente que el triple. Igualmente, suele ser, por lo general, una acción vistosa y que enardece a los aficionados locales; rar vez suelen pasar desapercibidos. Ambos dos factores son responsables de esa especial querencia por el tapón, considerada por algunos sobredimensionada.

La historia reciente de la NBA ha sido salpicada por tapones de una magnitud que los hará quedar grabados en los libros de historia: el de Ginobili a Harden, el reciente tapón de Adebayo a Tatum o “El Tapón”, que no necesita ni ser explicado para ser recordado y, aunque sea en la profundidad de la mente, evitando acusaciones de “lebronsexualidad”; también disfrutado. La NBA actual vive ansiosa de highlights de breves fragmentos de vídeo que resuman y decidan partidos, series o campeonatos, y el tapón, por suerte o por desgracia, ha estado ahí para responder a esa necesidad, elevando su influencia, al menos la visual, a cotas destinadas antaño a buzzer beaters y a mates que destrozaran rivales.

Por ello, quizá sea arriesgado sentenciar que el DPOY se decide por los tapones, pero sí que es una acción que tiende a quedar en la retina y a condicionar pensamientos y quizá opiniones sobre jugadores. Pero, ante la imposibilidad de lobotomizar a los periodistas cuyo voto es responsable de la entrega de dicho galardón, no nos queda más que acatar la decisión, o, en caso de ser lo suficientemente revolucionarios, cuestionar que lo que 100 periodistas piensen no es sinónimo de valoración, o quizá será lo que 100 tuiteros opinen. Bueno, no lo sé, ved NBA y dejad de perder el tiempo en discusiones vacías en redes sociales.

 

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Fernando Casares
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