¿El mejor pívot de todos los tiempos? Desmontando a Bill Russell

Si hablamos de leyendas de la NBA, uno de los primeros nombres que –sin importar el orden- nos viene a la cabeza es el de Bill Rusell. Considerado uno de los mejores pívots en la historia de la liga, su legado, sustentado en sus once campeonatos en trece temporadas, lo convierten, además, en el mayor ganador en la historia de los deportes de equipo profesional de los Estados Unidos.

A lo largo de su ilustre carrera, Russell promedio unos números de 15.1 puntos, 22.5 rebotes y 4.3 asistencias, además de henchir su palmarés personal con diversos hitos y trofeos como sus cinco MVP de la temporada, sus doce participaciones en el All-Star Game, sus once apariciones en los Mejores Quintetos –tres en el primero y ocho en segundo- y su medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Melbourne de 1956. Si la NBA los hubiera entregado por aquel entonces, a esta dilatada nómina de éxitos individuales habría que haberles añadido un buen puñado de MVP de las Finales con total seguridad.

Bill Russell, uno de los jugadores más inteligentes en la historia de la liga, poseía un control impetuoso y sólido de los partidos mediante su dominio defensivo en la zona. Era un maestro de la intimidación, colocando asiduamente tapones que no solo se traducía en una gran dificultad del equipo rival para atacar su aro, sino que facilitaba notablemente la ofensiva del suyo como motor creativo de los rápidos contraataques que caracterizaron a aquellos maravillosos Celtics. Así, gran parte del poder y el impacto que Russell causó en su juego fue de carácter psicológico. “Sí, hemos frenado su ataque. Y si vuelves, lo haremos de nuevo”, parecían repetir sus gestos.

Recopilando todos estos elogios y logros, no son pocas las voces que han aupado a Russell como ‘el mejor pívot de todos los tiempos’. Incluso, en 1980, la Asociación Profesional de Escritores de Baloncesto de América declaró al Celtic como “el Mejor Jugador de todos los tiempos”, un testigo que, dos décadas después recogería Michael Jordan.

Sin embargo, a pesar de toda esta prestigiosa comitiva de premios y distinciones, ambos títulos –el de mejor jugador y el de mejor pívot- quedan fuera del alcance de los largos brazos del gigante de Monroe.

La forma más justar de clasificar y evaluar a todo jugador que pisa la NBA es realizar una consideración general de su juego –aspectos ofensivos, defensivos, individuales, grupales e intangibles-, los títulos y premios logrados, su impacto global –aquí incluimos la propia revolución interna causada- en la competición y la capacidad –ya a nivel de cábalas- de extrapolar su juego a otras épocas y características. De hecho, los considerados mejores jugadores de la historia de la NBA –citamos, algunos: Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird, Kareem Abdul-Jabbar o LeBron James- cumplen todas estas premisas.

Desmontando al ‘Señor de los Anillos’

Títulos y logros

Nadie puede debatir que los once anillos conquistados por Russell son completamente legítimos pero, ¿son estos once campeonatos más valiosos y meritorios que, por ejemplo, los seis de Michael Jordan y Kareem Abdul-Jabbar o los cinco de Magic Johnson y Tim Duncan?

A Russell le tocó convivir en una época en la que el número de equipos existentes en la NBA osciló entre los ocho y los catorce. Si bien el argumentario puede replicar que cada equipo disponía, entonces, de una cantidad de talento más concentrado y reunido, la realidad es que aquel baloncesto antediluviano dista mucho en nivel y calidad al actual.

En la era moderna, la expansión de la NBA ha propiciado –apoyado en la globalización- la recepción de un mayor número de jugadores internacionales, así como la meteórica ascensión de los salarios, algo que en la década de los años 50 y 60 era impensable. Los sueldos eran mínimos hasta tal punto que muchos jugadores tenían que intercalar su profesionalidad con un segundo trabajo durante la temporada baja para poder mantener a sus familias.

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Por ende, un menor número de equipo facilitó también el acceso a los Playoffs y un menor número de enfrentamientos en los mismos. Mientras que Jordan y Magic tuvieron que ganar quince partidos para levantar el Trofeo Larry O’Brien, Russell tan solo precisó de entre diez y catorce partidos para conquistar cada uno de sus primeros ocho campeonatos. Una carga de partidos muy inferior a la actual que le dio a Russell una clara ventaja en cuanto a durabilidad y menor desgaste físico respecto a las estrellas de la actualidad.

En aquellos Celtics, Russell compartió vestuario con plantillas repletas de futuros miembros del Salón de Fama y habituales en el Partido de las Estrellas. Aquellas figuras, entre las que se incluyen John Havlicek, Bob Cousy, Tom Heinsohn, Sam Jones, Bill Sharman y K.C. Jones convertían a los Celtics en prácticamente inaccesible para cualquier rival de la época. Y cuando Boston se enfrentó finalmente con un equipo equiparable en cuanto a nivel, talento y estrellas, aquellos históricos 76ers de 1967 de Wilt Chamberlain, Hal Greer, Billy Cunningham y Chet Walker, hincaron la rodilla.

Actualmente, la propia organización de la liga, la normativa interna existente, la estructuración del Draft y la duración de la temporada prácticamente imposibilita la disparidad de talento de la que disfrutaron aquellos Celtics.

El ataque, un talón de Aquiles

A primera vista, las estadísticas ofensivas de Bill Russell no resultan sorprendentes ni brillantes. Sus 15.1 puntos por partido con un acierto del 44% en tiros de campo y del 56% en tiros libres no asemejan al de las grandes estrellas de la liga. Uno puede argumentar que su vocación al juego en equipo, a la defensa y la presencia de otros brazos ejecutores en la plantilla le liberaban de dicha responsabilidad, pero un análisis más metódico y profundo muestran un resultado que va más allá.

En el mejor de los casos, siempre es difícil –por no decir imposible- comparar diferentes épocas de la NBA, pero intentémoslo en base a algunos hechos. Durante los primeros ocho años de su carrera, las ‘foul lane’ –líneas que ‘cierran’ la pintura por los laterales hasta la franja de tiros libres- presentaban una anchura de doce pies –unos 3’65 metros-. En 1964, la NBA amplió esta zona del campo hasta los 16 pies –casi 4,90 metros-. Paralelamente, los promedios de Russell descendieron hasta los 12.6 puntos por partido, con un volumen de lanzamientos ligeramente inferior, pero no relevante.

El pívot poseía una increíble capacidad atlética y un salto vertical vertiginoso. Pero presentaba, además, una inmensa ventaja global sobre los jugadores de su época, más bajos, menos fuertes físicamente y menos atléticos que los perfiles que copan actualmente la competición. Como dato, cuando Wilt Chamberlain ingresó en la NBA en 1960, solo cuatro jugadores de la liga superaban los 2’07 metros de altura, incluyendo a los propios Wilt y Bill. Esta insultante superioridad, especialmente latente en el rebote ofensivo, no se tradujo en un mayor flujo anotador.

Por último, consideremos el PACE –ritmo de juego o número de posesiones por partido-. A finales de la década de los 50 y 60, los equipos de la NBA, menos curtidos en lo táctico, abrazaron con firmeza lo que posteriormente se conocería como ‘run&gun’. Durante la década de los años 60 se vivió la etapa más prolífica en cuanto a anotación, teniendo como colofón los 118.8 puntos por partido por promedio que se obtuvo en la temporada 1961-62, el registro más alto en la historia de la NBA. Poniendo estos números en contexto, el equipo más anotador de toda la NBA en el curso 2018/19 fueron los Bucks con poco más de 117 tantos por velada.

En dicha temporada, el PACE promedio fue de 152 posesiones por partido, mientras que en la actualidad estas cifras comienzan a establecerse tímidamente por encima de las cien. Dado que esta notable diferencia le otorgó a los equipos un 50% más de oportunidades para anotar, esto repercutiría en un promedio anotador más ajustado para Russell. Y eso sin tener en cuenta la máxima anchura de la zona y las mayores capacidades físicas de los jugadores de hoy en día.

Defensa, virtud… Entre mortales

Finalmente, reflexionaremos sobre la defensa de Russell, su principal virtud durante sus años en la NBA. Desafortunadamente, los tapones no comenzarían a registrarse hasta 1973, con la carrera del pívot ya extinta. Si bien era una constante amenaza para los equipos rivales, sus dimensiones -208 centímetros y unos cien kilos de peso- no supondrían una ventaja real para frenar los ataques de los contrincantes en nuestra NBA.

Cabe destacar, por supuesto, que gran parte de la diferencia entre aquella NBA y la actual gira en torno a la estrategia fundamental del juego. Con un juego cada vez más abogado a la línea de tres puntos, los equipos de hoy valoran mucho más a los tiradores externos –un requisito cada vez más indispensable, también para los jugadores interiores- y los sistemas giran alrededor de jugadas elaboradas para anotar desde dicha distancia. En aquella NBA casi en pañales, la misión principal no era otra que lograr estar lo más cerca posible de la canasta para anotar.

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Una táctica que se convertía en una gran problemática cuando jugadores como Chamberlain y Russell deambulaban a sus anchas por la zona, donde eran prácticamente inamovibles y destructores. Por lo tanto, el efecto de un pívot de dichas características era demoledor y determinante durante el transcurso de los partidos. Así, récords como los 28 tapones o 55 rebotes en un solo partido logrados por Wilt Chamberlain se presentan muy difíciles de abordar –sino imposibles- en nuestros tiempos.

La otra área que Russell dominó en términos defensivos fue el rebote. Su promedio de 22.5 capturas por velada tan solo es superado por los 22.9 de Chamberlain. El tercero, Bob Pettit, queda muy lejos ya con sus 16.2 rebotes.

El alto ritmo de juego (PACE) que reinaba en la competición por aquel entonces se traducía, por consiguiente, en un incremento del número total de rebotes. De hecho, de los diez máximos reboteadores de la historia de la NBA –en cuanto a promedio reboteador se refiere- ocho desarrollaron toda o gran parte de su carrera antes de 1970. Además, los equipos presentaban un bajo porcentaje de acierto en tiros de campo, siendo inferior al 40%, incluso, a finales de la década de los 50. Otro dato: en la temporada 2018/19, todos los equipos de la NBA capturaron entre 40 y 50 rebotes de media. Desde 1956 a 1968 esta cifra siempre osciló entre las 58 y las 66 capturas.

Teniendo en cuenta el rango de tiro más limitado y próximo al aro, la mayoría de los rebotes caían a distancia del aro, una situación que benefició notablemente a los jugadores más altos y dominantes de la época, entre ellos Russell.

Aún así, los vídeos existentes de la época muestran a un Bill que, pese a superioridad –quizá jugando a medio gas, siendo conocedor de ella-, no daba la impresión de mostrar una intensidad máxima en sus movimientos y posicionamiento en la zona. Ese hambre reboteador y lucha incansable que, por poner un ejemplo, le sobraba a Dennis Rodman, el último gran reboteador de la NBA con apenas 2.01 metros de altura. De hecho, el récord reboteador en un partido, como mencionamos antes, está en manos de Chamberlain.

Un Chamberlain que, además, puede presumir de haber superado a Russell en su duelo individual. En los 142 partidos que jugaron entre sí, Wilt asaltó la banca promediando 28.7 puntos y 28.7 rebotes, aunque el balance general favoreció al de Boston (88-74).

En definitiva, ajustando el ritmo del juego y las capacidades físicas del resto de jugadores a la media actual, la tasa reboteadora de Russell podría estar más cercana a día de hoy a la de jugadores como Drummond, Embiid o Gobert.

Conclusiones y matices

Bill Russell fue un gran ganador. Una máquina de conquistar campeonatos. De eso no cabe ninguna duda. Tuvo el privilegio y la fortuna que poseyeron otros como él: ser un adelantado a su tiempo. Sin duda, un reboteador incansable, un defensor dominante y un gran líder, tanto dentro como fuera de la cancha, que ha servido para asegurar un legado en Boston.

Muchos estamos obligados a aplaudir a la leyenda Celtic por la forma en la que cambió el juego gracias a su legendaria rivalidad con Chamberlain y todas las adversidades que tuvo que superar a lo largo de su carrera, incluyendo episodios racistas.

Sin embargo, su aura de grandeza distó –y dista- mucho para ser considerado el mejor pívot de la historia. Ese honor, aún sin otorgar, debería caer en otras manos. Y, mucho menos, el mejor jugador de todos los tiempos.