Anna Cruz, campeona de la WNBA: “Respeto a todo el mundo sin miedo a nadie”

“Yo llegué a la WNBA de novata. Iba al training camp a ver qué pasaba, sin muchas expectativas, simplemente a disfrutar y a vivir la experiencia”.

Siempre he ido con respeto a todo el mundo pero sin miedo a nadie”, así describe Anna Cruz la actitud con la que afronta todas las aventuras de su vida, como la que la llevó hace cinco años a coronarse campeona de la WNBA con las Minnesotta Lynx. Fue la segunda baloncestista española en conseguir el anillo. Antes lo había conseguido Amaya Valdemoro en tres ocasiones (1998, 1999, 2000) con las Houston Comets, aunque con mucho menos peso en el equipo que la catalana.

Cruz llegó a Estados Unidos con los pies en el suelo para acabar flotando en las nubes. “Yo llegué a la WNBA de novata. Iba al training camp a ver qué pasaba, sin muchas expectativas, simplemente a disfrutar y a vivir la experiencia”, explica la de Badalona. “No era algo que hubiese deseado de pequeña, pero a medida que vas entrando en el mundillo profesional se convirtió en una posibilidad”, añade.

Cruz empezó su sueño americano en Nueva York, en las Liberty entrenadas por Bill Laimbeer. El dos veces campeón de la NBA con los Detroit Pistons quedó impresionado con el juego de la catalana. “Dijimos que ella era la única que pondríamos de titular cada día”, reconocía el mítico ‘Bad Boy’ en un reportaje dedicado a Cruz en el New York Times esa temporada. “Creo que lo que le sorprendió a Bill Laimbeer fue mi desparpajo, un poco fruto del desconocimiento, de decir me importa muy poco quien este delante yo voy a hacer lo mismo sea quien sea”, recuerda Cruz, que acabó esa temporada promediando 7,7 puntos y 3,6 asistencias en más de 27 minutos por partido.

El gran salto: de las luces de Nueva York al frío de Minnesota

Después de ese buen año rookie, Cruz dio otro gran salto en su carrera en el otro lado del charco, uno que imprimió su nombre en una de las dinastías más míticas de la historia de la WNBA, la de las Minnesotta Lynx de los 2010. “En un principio no iba a ir ese año a la WNBA porque coincidía con la Selección española y en Nueva York contaban conmigo como jugadora en principio titular y no veían estar un mes y medio sin una jugadora importante. Pero luego hablaron con Minnesota y me dijeron que ellos estaban dispuestos a esperar y claro… como iba a decir que no a un equipo candidato al anillo”, recuerda Cruz.

 

Anna llegó a la fría Minneapolis como una auténtica ‘underdog’, pero enseguida se hizo un hueco entre gigantes como Maya Moore, Sylvia Fowles, Lindsay Whalen o Simone Augustus. “Cuando acabé con la selección fui para allá, en principio como jugadora de rotación. No esperaba tener muchos minutos allí, pero al final por a, por b o por z acabé jugando también bastante”. A pesar de llegar tarde, Cruz pronto se hizo un hueco en el equipo titular (empezó en 17 de los 22 partidos que jugó) aportando 7,4 puntos, 3,2 asistencias y 1,1 robo por partido, siendo además un puntal del equipo en defensa.

Esa temporada, provechosa a nivel personal, también lo acabó siendo en lo colectivo. Como cada año impar en esa década (menos 2019), Minnesota acabó levantando el trofeo de campeonas. “Fue muy emocionante, llegamos al quinto partido en casa y los otros 4 se habían decidido en el último momento. Quizás el hecho de jugar con nuestra gente, con el pabellón lleno, hizo que ese último partido nos fuésemos fácil. Lo demás ya es historia, pero ganar en casa, con nuestra gente y celebrarlo a lo grande, como lo hacen todo allí en Estados Unidos, fue algo inimaginable e inalcanzable para mí cuando empecé a jugar al baloncesto”, recuerda Cruz.

Un vestuario de leyenda a todos los niveles

Ese fue el tercer campeonato de la franquicia en cinco años y, según recuerda Cruz, el ingrediente secreto estaba fuera de la pista. “Para mí, la clave fue que había muy buen ambiente en el equipo. Todas salíamos a sumar, no había egos y todas sabíamos nuestro rol. Eso es muy importante tenerlo claro, aunque tú no metas 40 puntos y no tengas el rol de Maya Moore tu trabajo es igual de importante que el que hace ella”.

 

Y si el vestuario funcionaba también lo hacía el banquillo, pues si hay un denominador común en todos los éxitos de la franquicia, ese es la todavía entrenadora de las Lynx, Cheryl Reeve. “Creo que la entrenadora supo valorar mucho el trabajo sucio que hacíamos muchas jugadoras, el trabajar para que se luzcan otras. Creo que eso fue otra de las claves para llevarnos el anillo”, explica Cruz. “Crecí muchísimo esos años que estuve ahí en Minnesota, Cheryl es una entrenadora que aprieta muchísimo, pero lo hace de una manera que el jugador entiende que lo hace por tu bien. Ella tenía una relación especial con todas las jugadoras, hace que todo el mundo se sienta importante. Me parece una de las mejores entrenadoras que he tenido”, añade.

Poniendo a Europa en el mapa: Cruz contra Xargay

De sus entrenadores en la liga americana, Cruz también destaca su amplitud de mirada y su capacidad de apostar por jugadoras diferentes. “He de decir que a los europeos nos tenían un poco por los suelos. Antes no se valoraba a la jugadora europea en la WNBA, y a lo mejor ni siquiera le daban la oportunidad de estar en el roster. Creo que equipos como Nueva York o Minnesota se han abierto a esta opción y han hecho que se vea que hay jugadoras muy válidas en Europa que pueden brillar en la WNBA”, explica Anna.

 

Esa misma temporada, además, otra española también brilló en la WNBA en otro equipo puntero. Se trata de la entonces rookie Marta Xargay, rival en la final de conferencia de las Lynx con las Phoenix Mercury de Diana Taurasi. “La verdad es que el hecho que dos españolas se enfrenten en una final de conferencia, las dos en la misma posición, las dos teniendo mucho protagonismo, creo que es anecdótico pero a la vez es un toque de atención para decir que en Europa también hay jugadoras de calidad”, explica Cruz. “La verdad es que Phoenix-Minnesota siempre había sido como aquí un Barça-Real Madrid. Se hacía raro jugar contra ella, porque al final siempre habíamos sido compañeras en la selección. Pero la verdad es que tener a una amiga, aunque sea en el equipo contrario, siempre se agradece cuando estas lejos de casa y de los tuyos”.

 

El regreso a Europa

Cruz volvió a Minnesota el siguiente verano, pero su protagonismo fue mucho menor. La de Badalona no se unió al equipo hasta después de los Juegos Olímpicos de Río, en los que la escolta había sido protagonista con una canasta sobre la bocina que dio el pase a España a la final. Después de ese año, Cruz colgó las botas en la WNBA y centró su carrera en el baloncesto europeo.

En su cabeza, sin embargo, quedarán todos los recuerdos y anécdotas de esos años. A Anna le vienen a la cabeza, por ejemplo, las risas con Simone Augustus. “Me reía bastante con ella, porque es un poco payasa. De hecho hubo un partido en que, no sé cómo, acabe metiéndole el dedo en la nariz y sacaron esa foto. Recuerdo que nos reímos mucho en los entrenos porque durante el partido no te das cuenta de esas cosas. Simone, como compañera, te lo hace todo más fácil”.  También le sorprendieron ciertas costumbres del hacer en Estados Unidos. “Otra cosa que me sorprendió fue que en mitad del calentamiento se iban a rezar. En todos los pabellones había una capilla o una aula habilitada para eso. Es algo que tienen como ley de vida, como hacer entradas por la derecha. Me quedé con las ganas de ir un día con ellas para verlas, pero nunca me atreví”, recuerda.

Ahora, cinco años después de ese hito histórico, Cruz volverá a hacer disfrutar al público español con la camiseta de Kutxabank Araski. Lo hará tras un largo y exitoso periplo por las lejanas Rusia y Turquía, donde ha formado parte de algunos de los mejores equipos del continente, como el Nadezhda de Orenburgo, el Dynamo de Kursk o el Fenerbache de Estambul.

 

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