Las décadas prodigiosas

Las décadas prodigiosas

28/01/2020 0

Ante el trágico fallecimiento de Kobe Bryant, su hija Gianna y los otros 7 ocupantes del helicóptero siniestrado, rescato el artículo que firmé en Fiebre Baloncesto dos días después de su último partido con los Lakers, el 13 de abril de 2016.

Sirva como humilde homenaje al jugador que más ha marcado mi maravillosa senda como amante irredento de este bellísimo juego, acompañado de mis profundas condolencias hacia los familiares y amigos de los fallecidos, así como para todas aquellas personas a las que el brillo cegador de Kobe atrapó.

12 de mayo de 1997. Delta Center. Salt Lake City. Utah. Con el 5º partido de las semifinales de la Conferencia Oeste en el alero, un novato de 18 años recién salido del instituto decide tomar la responsabilidad y asumir los tiros decisivos del duelo. 4 lanzamientos, 4 airballs para regocijo de una parroquia local que nunca profesó amor alguno por los Lakers. La estoicidad y rectitud del estado mormón no mezclan bien con el glamour y superficialidad hollywoodense, ya se sabe…

En plena retirada de la cancha, cabizbajo ante la doble decepción causada por la eliminación consumada y su papel decisivo (para mal) en ella, el chaval emocionalmente desconectado del resto del grupo durante todo el curso recibió el apoyo moral del macho alfa de la manada, un Shaquille O´Neal dominante pero sin anillos en los dedos.

 

«Fíjate bien en toda esa gente que se ha reído de ti y recuérdalos el año que viene, cuando volvamos a encontrarnos con estos tíos. Entonces, acertarás los tiros.»

 

«Has sido el único con las agallas suficientes para jugarse esos balones.»

 

El monstruo con el número 34 a la espalda sabía ya por aquel entonces que necesitaría ayuda para hacer historia, y enseguida vio en aquel chico a la segunda pata imprescindible para arrancar la decepción que latía en su interior, desde que Olajuwon y sus impecables fundamentos arrollaran a sus Orlando Magic y a él mismo un par de años antes. Y el futuro le daría la razón, con creces…

 

13 de abril de 2016. Staples Center. Los Ángeles. California. Los Utah Jazz volvían a ocupar el rol de actores de reparto en uno de los momentos más representativos de la carrera de Bryant: el de su última función. Tras un curso difícil, arrinconado por los incontables problemas físicos inherentes a dos décadas al más alto nivel profesional y los peores Lakers de la historia de la gloriosa franquicia, Kobe saltaba a la cancha dispuesto a no defraudar al mundo del baloncesto. El acopio de fuerzas acometido durante toda la campaña iba a dar los resultados deseados: primero, el de llegar sano a su despedida. Después, el de hacerlo siendo capaz de decir adiós a su manera.

 

«Reté a Kobe a que metiera 50 puntos en su último partido, y el cabrón ha metido 60.»

 

Las palabras de un O´Neal que ha enterrado definitivamente el hacha de guerra con el tipo que le ayudó a alcanzar la eternidad (el tiempo lo cura casi todo) son fiel reflejo de la dimensión del evento. Los Jazz se sabían fuera de los playoffs desde minutos antes de la cita, y ninguno de sus dos gólems interiores eran de la partida, pero la seriedad de los de Quin Snyder (unida a la falta de ella de los de Byron Scott) era argumento suficiente para llegar al último cuarto 75-66 arriba en el electrónico. Y, justo en ese instante, aquel chico con arrojo pero sin acierto al que los años y el trabajo con irreductible fanatismo convirtieron en el asesino más letal con una pelota naranja en las manos, se subió al Delorean para volver al pasado. A ese pasado que los treintañeros de hoy, los mismos que hemos seguido con pasión toda su aventura, nunca vamos a olvidar…

Porque las palabras de aliento de Shaq en aquel día de 1997 se agradecieron, pero Bryant nunca dudó acerca del destino que le reservaban su letal combinación de talento y adicción al trabajo. Ni por un instante.

23 puntos de los 35 totales de los Lakers en los 12 minutos finales con la firma del #24, además de la asistencia a Jordan Clarkson que cerraba la victoria. 96-101. 60 en su tarjeta individual, la mayor anotación de la temporada (6ª vez que logra este hito en su carrera), la mayor también alcanzada nunca por un tipo de más de 35 años. Con 50 lanzamientos totales, sí, pero sin olvidar ponderar el esfuerzo titánico que ello supone para un profesional con 2 décadas a sus espaldas al más alto nivel de exigencia (siendo jugador exterior, para más inri), amén de un sinfín de lesiones.

Tras 33.643 puntos, 5 anillos de campeón, 1 MVP de la regular season y 2 de las finales, 18 nominaciones al All Star Game (y 4 veces jugador más valioso de la cita), aquellos 81 puntos ante los Toronto Raptors, un trofeo del concurso de mates, 11 inclusiones en el mejor quinteto de la temporada y 9 en el mejor quinteto defensivo, Bryant enfilaba el túnel hacia los vestuarios. Para no volver jamás a pisar la cancha vestido de corto.

 

«La última vez que me sentí intimidado fue durante una clase de karate, y tenía 6 años.»

 

Kobe nunca temió a nada ni a nadie, se vació (pecando muchas veces de egoísta) en pos de alcanzar su objetivo de ser el mejor, perfeccionó hasta el absurdo su nivel técnico en interminables e inhumanas sesiones entre la cancha y el gimnasio, exigió a sus compañeros su mismo nivel de dedicación para aspirar a lograr su respeto… Y acabó ingresando en el club de la flor y nata de siempre en su pasión.

Y lo hizo a su manera.

Y ha sido un placer infinito ser testigo de ello.

Fuente fotografía: nba.com

 

 

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Juanlu Barbero
Juanlu Barbero
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